Esta mortal tendencia de la moda del siglo XIX fue responsable de quitarle la vida a miles de mujere

Esta mortal tendencia de la moda del siglo XIX fue responsable de quitarle la vida a miles de mujere

Cuando una mujer del siglo XIX abría su guardarropa, quería elegir el atuendo perfecto, uno que comunicara elegantemente su gracia, belleza y, por supuesto, estatus. No estaba considerando qué atuendo era más probable que contribuyera a una muerte espantosa y prematura. Lo que era un error, puesto que debido a una extraña tendencia de la moda de esa época, elegir qué ponerse era una decisión de vida o muerte para la mayoría de las mujeres.

Matilda Visita al Médico

Matilda Scheurer no se sentía bien. Con solo 19 años, la fabricante de flores artificiales convulsionaba cada dos minutos; estaba vomitando agua verde, y el blanco de sus ojos se había tornado de un hermoso tono de, lo adivinaste, verde. Visitó a un médico en Londres.

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Verde, Verde, Verde

“Todo lo que miro”, le dijo Matilda a su médico, “es verde”. Espuma salía por su nariz, oídos y boca, y con “una expresión de gran ansiedad”, como lo expresó el periódico local, murió. Su familia estaba incrédula. ¿Cómo pasó esto?

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La Elección de Moda de la Archiduquesa

No mucho después, otra familia se encontró de luto por la misteriosa muerte de una niña joven y saludable: en Austria, cuando su padre sorprendió a la Archiduquesa Mathilde fumando un cigarrillo, la joven lo escondió detrás de su espalda. El movimiento resultó fatal.

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El Cigarrillo Encendido

El cigarrillo encendido prendió fuego a su vestido. Tenía solo 18 años cuando falleció de tan ardiente manera. En 1860, más de 3000 mujeres murieron de la misma forma que Matilda Scheurer y la archiduquesa Mathilde. Las horribles muertes se acumularon.

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Problemas de Escritores

En 1861, el poeta Henry Wadsworth Longfellow vio a su esposa, Fanny Longfellow, arder viva cuando su vestido se incendió. Cuando las medias hermanas del escritor Oscar Wilde fueron a una fiesta, sus vestidos se incendiaron mientras las pobres chicas bailaban. El problema, por supuesto, estaba relacionado con el vestuario.

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El Trabajo Diurno de Matilda

Pues bien, para los médicos modernos, la verdosa muerte de Matilda Scheurer tuvo una causa obvia y comenzó en el trabajo. Día tras día, Matilda espolvoreaba plantas falsas con un polvo verde para darles un aspecto realista. Día tras día, ella inhaló ese polvo verde.

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Un Tinte Para Morirse

Hoy en día, ese polvo verde se llama arsénico y es una sustancia tóxica muy conocida. El tinte de arsénico le daba a la ropa y a las plantas falsas un color verde muy codiciado, por lo que no era raro que el químico se espolvoreara en todas las prendas de vestir. Pero estaba lejos de ser el único peligro de la ropa victoriana.

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Vestuarios Inflamables

A mediados del siglo XIX, los vestidos estaban hechos de otros materiales extremadamente inflamables, como el algodón o la crin. También había mucho encaje, el cual se quema fácilmente debido a su tejido de celosía. Además de los materiales, su forma también era bastante propicia al fuego.

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Más Peligro

Debajo de los montones de tela pesada, las mujeres usaban crinolinas. Las crinolinas eran enaguas rígidas (hechas de telas igualmente inflamables) que le daban al vestido una forma de campana. Por supuesto, también tenían un propósito diferente.

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La Forma Perfecta

Las crinolinas aliviaban un poco el peso opresor del vestido, pero hacían aún más fácil que la prenda se incendiara. Estas voluminosas faldas contenían el aire. Si el material se incendiaba, el fuego se esparcía rápidamente, atrapando a la mujer. Y ni hablar de apagar las llamas, eso era otro problema enteramente diferente. 

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Trampa Mortal

Además de la terrible combinación de tela y forma, una vez que el vestido estaba en llamas, apagarlo era casi imposible. Las pobres mujeres a menudo no podían escapar a tiempo porque su vestido estaba firmemente amarrado o abotonado; e incluso si lograban escapar, había otro problema que las ponía en peligro.

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Nadie Está a Salvo

¡El arsénico, al quemarse, creaba humos tóxicos! Este estilo de moda fue extremadamente popular con las mujeres de todas las clases sociales. La mayoría de ellas murieron mientras realizaban tareas cotidianas cuando sin querer caminaron demasiado cerca de una llama viva.

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Se Pone Peor

Las amas de llaves eran particularmente susceptibles a la muerte por vestidos en llamas. Las casas victorianas estaban llenas de llamas vivas y además estaban hechas de materiales muy inflamables. Si una desafortunada sirvienta terminaba prendida en fuego, era posible que también incendiara todo el edificio.

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¡Bailarinas! ¡Cuidado!

Incluso si una mujer no usaba uno de los enormes vestidos con forma de aro, aún era posible que terminase quemada viva por su elección de ropa. Las bailarinas eran particularmente susceptibles. Sus trajes estaban hechos de tul, muselina de algodón, gasa y tarlatán, todos materiales que se incendian fácilmente. 

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Peligrosamente Icónico

A las bailarinas les encantaban estas telas porque eran ligeras. Moverse en estos materiales les daba una cualidad etérea cuando actuaban para el público. Su apariencia era icónica, pero increíblemente peligrosa, especialmente dadas ciertas características del escenario.

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Una Mala Ecuación

En aquel momento, las llamas vivas se usaban para iluminar el escenario, y bueno, suma las llamas vivas con las telas inflamables… ya te podrás imaginar el resultado de esa ecuación. La tragedia azotó en 1862 durante un ensayo general. La bailarina Emma Livry bailó demasiado cerca de una lámpara de gas y se incendió. Sobrevivió durante ocho agonizantes meses antes de morir.

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Un Final Terrible

Emma no fue la primera bailarina en morir en el escenario. En 1844, Clara Webster sufrió el mismo destino. Seis bailarinas intentaron ayudar a extinguir el fuego de una séptima bailarina que se incendió entre bastidores y las ocho murieron. Hubo muchas otras que sufrieron destinos similares.

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Esto Tiene que Terminar

Con tanta gente muriendo quemada (a veces llevándose con ellos a otras personas, a veces a una casa o a un teatro completo) uno pensaría que estos vestidos y disfraces no durarían mucho en la sociedad.

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Había Opciones

Había otros atuendos resistentes al fuego que las bailarinas podían usar, pero eran rígidos y de un color amarillo desagradable. Creadas por Joseph Louis Gay-Lussac, estas telas estaban hechas de fosfatos de amonio, bórax y ácido bórico.

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Para Nosotras, no

La mayoría de las bailarinas serias se negaron a usar estos disfraces porque no se movían con ellas como las versiones más ligeras. Les preocupaba que su belleza no pudiera brillar durante sus actuaciones con las telas rígidas (pero seguras).

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Demasiado Poco y Demasiado Tarde

En 1898, algunos lugares de trabajo, como una fábrica de leña, prohibieron a las trabajadoras usar crinolina. Esto no impidió que la mayoría de las mujeres se negaran a cambiar sus vestidos mortales. Simplemente tenían que tener la codiciada figura en forma de cono.

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El Tiempo lo Resuelve Todo

Entonces, ¿qué resolvió este problema? El tiempo. A finales del siglo XIX, los estilos de las faldas cambiaron, haciéndose más esbeltos. En su lugar, el polizón se hizo imprescindible, manteniendo la mayor parte del vestido fuera del alcance de las llamas.

Trabajos Extenuantes

Si tuvieras que elegir entre trabajar en una fábrica o ser una criada, probablemente elegirías “criada” sin dudarlo. ¿Quién arriesgaría su vida en una fábrica, sin duda rodeada de productos químicos tóxicos y maquinaria peligrosa, cuando doblar la ropa de hogar es una opción? Bueno, quizás quieras reconsiderar esa elección.

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Hogares Peligrosos

“En 1851, una de cada tres mujeres de entre 15 y 24 años en Londres trabajaba como empleada doméstica”, según el libro de Judith Flanders, Inside The Victorian Home. Resulta que las fábricas no eran en realidad el lugar más peligroso para que trabajara una mujer: eran las casas.

Cocinas Repugnantes

Seguro has oído hablar de las prácticas antihigiénicas de la Inglaterra victoriana, pues bien, ¿quién tenía que lidiar con ellas? Era la criada la que tenía que limpiar los peores desastres. Las cocinas y las trascocinas (una habitación adjunta a la cocina donde se lavaba la ropa y los platos) eran las peores infractoras de higiene. 

Restos de Comida y Suciedad

A pesar de ser habitaciones en las que se hacía mucha limpieza, las cocinas y trascocinas resultaban especialmente repugnantes. En la prisa de las sirvientas por poner la comida en la mesa, restos de comida, barro y cualquier otra cosa que hubiera en el plato o la camisa de alguien literalmente se caían por las grietas.

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Invasión de Bichos

La razón de que las criadas no pudiesen seguir el ritmo de los desastres causados por la limpieza era que estaban demasiado ocupadas atendiendo uno de los mayores problemas de la época: los insectos. Donde había un trozo de comida, había un bicho y toda su inmunda tripulación arrastrándose para reclamar esas sobras. 

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Una “Alfombra Viviente” de Insectos

El problema de los insectos en la época victoriana era tan grave que es legendario. Al parecer, “por la noche el piso de la cocina palpita[ba] con una alfombra viva” de insectos, principalmente cucarachas. Sin embargo, justo cuando las criadas pensaban que habían limpiado todas las cucarachas del suelo, miraban hacia el techo.

“Suelos Movedizos” Hechos de Cucarachas

Tan comunes como las cucarachas en el piso eran los escarabajos en el techo. Los bichos eran tan prevalentes que prácticamente convivían con los sirvientes. La autora Beatrix Potter observó una vez que los sirvientes “tenían que sentarse en la mesa de la cocina, porque el suelo tenía tantas cucarachas que parecía moverse”.

Invitados No Deseados

Había tantos bichos que las criadas no tenían tiempo de molestarse con las otras criaturas indeseables que correteaban por la casa. Puede que las ratas sean notorias portadoras de enfermedades y otras cosas desagradables, pero al menos sabían cómo mantenerse fuera del camino.

Trabajo, Trabajo y Más Trabajo

Y efectivamente, eso era contra lo que más luchaban las sirvientas: el tiempo. No podían deshacerse de las ratas porque sus estrictos horarios no permitían ninguna desviación del plan. Las horas de trabajo para la criada promedio no solo eran agotadoras, eran implacables.

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Exigente Trabajo Físico

Había días en que las empleadas domésticas trabajaban desde las 6 de la mañana hasta la medianoche y, a diferencia de las trabajadoras de las fábricas, trabajaban los 7 días de la semana. Contrariamente a la creencia popular, una criada hacía más que doblar y lavar la ropa del hogar. Su vida estaba llena de exigentes trabajos físicos…

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Tareas de la Madrugada

La mañana de una criada promedio siempre comenzaba de la misma manera: abriendo todas las cortinas y contraventanas, limpiando y prendiendo todas las chimeneas de la casa y desempolvando todo, desde muebles hasta escaleras y paredes, todo antes de que saliera el sol.

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Criadas Miserables

Luego, ella esparcía hojas de té sobre las alfombras (un método para ocultar los olores) antes de barrerlas mientras barría el resto de la casa. La criada golpeaba las alfombras, las cuales acumulaban grandes cantidades de suciedad en solo uno o dos días.

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Un Trabajo Matador

Luego venían los pisos, y como las criadas en 1851 no tenían Swiffers, tenían que limpiarlos a la antigua: de rodillas, con un trapo sucio y un cubo lleno de agua jabonosa, al estilo de Cenicienta.

Cinderella/Walt Disney Productions

Una Historia Como la de Cenicienta

Como si las criadas no fuesen ya la personificación perfecta de la Cenicienta, tenían también que vaciar las chimeneas de cenizas, lo que por lo general terminaba con ellas cubiertas de hollín. Pero nunca había tiempo para cambiarse de ropa; para ese momento, era hora de despertar al resto de la casa.

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Ellas Vivían para Trabajar

Suma las comidas, la lavandería, las plagas, las constantes visitas que traían en sus zapatos barro y quién sabe qué más a la casa, y no queda más que preguntarnos cómo las criadas tenían tiempo para ellas mismas… no lo tenían, y eso era parte del problema.

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Enfrentándose a la Ira del Empleador

Apenas había tiempo para que las sirvientas comieran, durmieran o limpiaran sus propias habitaciones porque tenían que mantener a flote a toda la casa. Sin embargo, peor que pasar la noche trabajando o una comida a base de pan y embutidos era la ira del empleador.

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Consecuencias Terribles

Dado que las sirvientas estaban relegadas en gran medida al mismo estatus de las ratas que cazaban, los empleadores victorianos no tenían ningún problema en castigarlas con dureza si se hacía algo incorrecto. Una sirvienta no podía tomarse un momento para descansar o comer, o tenía que responder a su empleador.

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Las Sirvientas Se Animaron a Soñar

Las sirvientas soportaban todo tipo de violencia por parte de sus empleadores y no tenían más remedio que aceptarla o perder sus trabajos. Pero con el tiempo, las sirvientas comenzaron a escuchar un rumor convincente, uno que las hizo repensar su vocación por completo.

Cinderella/Walt Disney Productions

Escape a las Fábricas

Puede que Ebenezer Scrooge haya valorado la crueldad, pero pronto quedó claro para otros empleadores de la era victoriana que esta estrategia no estaba funcionando. Los hogares estaban perdiendo sirvientas a diestra y siniestra, y todo porque las fábricas prometían mejores horas, mejor paga y, lo más importante, mejor trato.

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Sirvientas en Huelga

Un empleador victoriano resumió esta pequeña revolución cuando comentó que “ahora era necesario… permitir que sus sirvientas se acostaran a las diez en punto todas las noches y darles una tarde libre cada dos domingos, o ninguna sirvienta se quedaría”.

Respetadas… Finalmente

Tanto el trabajo en la fábrica como en el hogar era matador para las mujeres durante la Revolución Industrial de Inglaterra. Pero el trabajo en la fábrica a veces ofrecía a las mujeres algo que casi nunca obtenían como sirvientas: dignidad. Y para muchas mujeres, eso marcó la diferencia.